jueves, 9 de mayo de 2013

-Soliloquio 2-


 Para Mamá y Lucía,  mis Amazonas guerreras.


La guerrera -mi guerrera personal- es mujer, pero fuerte. Tiene la mirada aterciopelada y dócil, pero sólo por fuera. Es pequeña y se ofrece al mundo vacío en su total inocencia -la de ella, no la del mundo-. Es posible pasto de fieras, pero confío en su poder interior. En cualquier momento nos va a sorprender, lo sé. Reverberará con intensidad la lumbre cegadora de su espíritu haciendo estallar su materia perecedera, volatilizándola en mil pedazos, metiéndose como esquirlas punzantes en las pupilas de la bestia que quiso vencerla, mas no pudo. Las ínfimas partículas de dignidad  harán sangrar sus córneas turbias y agrietadas, lo sé.
Pero mientras la hora no llega, la guerrera se prepara. Su ritual misterioso de silencio es un enigma que sólo ella comprende. Soporta la iniciación con estoicidad y bravura, sin derramar una sola lágrima ni emitir una sola queja. Por cada azote que cruza su espalda, devuelve diez sonrisas; por cada impulso de dolor que le atraviesa el corazón, otros tantos dardos brillantes.
La fiera ya está agazapada, inmensa, envuelta en la tiniebla espesa de la bruma lejana. Se acerca a paso prehistórico, pero se acerca. Ella sonríe y cierra los ojos, entregándose al abismo de su impacto. El ritual ya casi acaba.