martes, 25 de noviembre de 2014

Vamos a darle vida a este muerto.

Hoy, después de guardar tanto silencio, decidí hacer ejercicio de mi libertad de expresión.

Como bien saben muchos de ustedes, soy docente. No es que me apasione serlo porque, vamos, la etapa de la des-idealización la pasé hace algún tiempo ya -todavía guardo algunas réplicas y cojeras de dolores pasados- pero en fin, la vida se trata de dos cosas: golpearse y crecer, lo cual es como el yin y el yang, no puede haber la una sin la otra. Juntas y de la mano caminan hacia el ocaso de nuestra existencia, en un conflictiva circularidad hegeliana.


¿Educación privada o (re) productor de capital humano descartable, barato y reutilizable?

El título asusta por su franqueza. Y es que así soy yo: sin pelos en la lengua -o mejor valga decir, sin mocos en los dedos-. Me dispongo en ese caso a hacer pública mi experiencia educativa en las instituciones privadas.
Antes de comenzar, quepa aclarar algo: soy un producto de las instituciones privadas, y no reniego para nada de ellas: he tenido el privilegio de ir a la Scuola Italiana Di Montevideo mientras mis padres pudieron pagármela, luego pasé la primaria como mosca blanca en la escuela Benito Juárez -pública, esta-, número 184 si mal no recuerdo, que en la tarde se volvía la escuela Mahatma Gandhi, apadrinada por la embajada de la India.
Al cumplir los 12 la reforma educativa de los 90 asolaba y devoraba con su boca de Leviatán desdentado  las expectativas de futuro de miles de niños y niñas que esperaban formarse en los liceos públicos, soñando ser -algún día- doctores, abogados, maestros, jardineros, pilotos, artistas, qué se yo, lo que quisieran. Fue en ese momento que mis padres me pusieron al amparo de la educación privada. ¿Para mejor? ¿Para peor? No sé, simplemente fue la alternativa que habían encontrado y, creo yo hasta hoy, la más saludable.
Seis años de mi vida los pasé en el liceo privado, 4 en Los Vascos (entrañable y cálido, fortaleza de castillo encantado con almenas y muros de piedra y pasadizos secretos) y en el Santa Teresa de Jesús, los últimos dos años de bachillerato, acaso más frío y grande, pero del que también guardo buenos recuerdos.
Mis experiencias como alumna en distintos institutos, públicos y privados, y el hecho de tener dos padres docentes que nunca dejaron de aplicar sus talentos didácticos a la hora de educarme y enseñarme a diferenciar lo correcto de lo incorrecto, me hicieron optar por la carrera de profesora. Aunque todavía no he culminado mis estudios -restan 3 exámenes por dar aún- no me siento menos formada ahora que si los hubiera rendido. En todo caso, el ser humano aprende constantemente y por todas las vías, formales e informales, en las instituciones o fuera de ellas. Vive buenas experiencias, innovadoras, gratificantes, pero vive también otras que lo enfrentan a uno con el desengaño y la desazón; tal fue mi caso el día de ayer, en el instituto privado en el que actualmente trabajo.

El día miércoles la reunión de profesores se había llevado a cabo con total normalidad. Eramos pocos, pero eso no impidió seguir adelante con la agenda. Las notas se cantaron, ligero, en medio del vaho de hastío que sobrevolaba las botellas de coca light y los pocos sádwich que iban quedando a mi llegada -llegué una hora tarde-. Aun con todo, fue bastante dinámico: amén del algún comentario marginal sobre la actitud, conducta o rendimiento de algún/a estudiante que el adscripto alejaba de sí agitando la mano, como a un insecto molesto.
Luego de eso, la jornada prosiguió con total normalidad.

Ayer, 24 de noviembre, me avisan que tengo que pasar por secretaría a firmar la nómina de alumnos de 4to año (el grupo de la reunión en cuestión). Dejando aparte mi frecuente inocencia, opté por leer el listado que se me presentaba. Ni se imagine el lector mi sorpresa al encontrarme que en dicha nómina figuraba un alumno como promovido (en mi asignatura, claro) cuando debía, en realidad, rendir examen por complemento. Respiré profundo sin llegar a reaccionar del todo. La señora dócil y dulce que se sentaba al otro lado del escritorio era ajena a todo esto, solo seguía órdenes.

- Disculpá- le dije suavizando mi voz lo más que pude -pero este alumno de aquí -señalé con la yema del dedo índice el nombre- tiene que rendir el examen ahora en diciembre.

La secretaria (que llamaremos M para no comprometerla) parecía no entender.

Miré a mi alrededor buscando la torre de libretas que se apilaban de manera irregular haciendo desencontrar sus bordes frontales e inferiores; recordaban una torre de arquitectura japonesa.
Alcancé la mía casi al tiento y la abrí sin titubear, justo en la página indicada. Señalé a M la nota, resaltada con un amarillo chillón y eléctrico.

Mientras titubeaba sin despegar sus gruesos lentes del número que le señalaba, mi mente barajaba las posibilidades más evidentes: error de tipeo, confusión con otra nota de otro alumno, en fin. Fue entonces cuando su voy irrumpió temblorosa pero frontal, como una lanza, cortando el aire y mis cavilaciones:

-Es que fueron órdenes de la dirección.- No sabía dónde colocar las manos. Ser emisaria de malas noticias no era lo suyo.
-Entonces, disculpame - respondí con una sonrisa lánguida al tiempo que me paraba, apartando el documento con algo de desprecio - pero esto no te lo pienso firmar.

Lo último que vi sobre mi hombre fue un gesto de aprobación ahogado por el miedo a una reprimenda. Ella sabía que tenía razón, más no podía manifestarlo.

La charla con el adscripto, al cual denominaré X, podría formar por sí mismo todo un capítulo. En resumidas cuentas: fui con mi libreta, ingresé a la dirección y le pregunté si él había sido responsable de dicho cambio. Sin el menor prurito de culpa, me respondió con un sí lacónico que se extendió vibrando a nuestro alrededor.
La pregunté la causa. Sin moverse de su asiento, torció levemente los hombros para poder encararme. Se limitó entonces a aferrarse al vademecum retórico de todos los administrativos alimentados a circulares: todo se puede reducir a tres palabras claves: PROCESO, INTEGRACIÓN y TOLERANCIA.

La palabra tiene, para mi, su significado gastado de tanto uso. Es un término que a la luz de las circunstancias no logro terminar de entender, aunque es bien sencilla. Me tomé la molestia de buscarla en la DRAE (bendita seas entre todas las gramáticas), y dice algo como esto:

proceso.

(Del lat. processus).

1. m. Acción de ir hacia adelante.
2. m. Transcurso del tiempo.
3. m. Conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno natural o de una operación artificial.

Más allá del reglamento, intentemos aplicar estas tres definiciones. Todos los docentes conocemos el reglamento de evaluación y pasaje de grado  donde estos conceptos se encuentran integrados: el alumno comienza un curso que comienza en marzo y termina en octubre (o diciembre), ello supone una linealidad en el tiempo y atravesar sucesivas instancias o fases de aprendizaje. Genial. Ahora, ¿este proceso SIEMPRE se cumple? Acaso el factor tiempo es absoluto y suficiente a la hora de garantizar que dicho proceso se ha realizado satisfactoriamente? Parece que cayéramos en la creencia de que el alumno aprende por ósmosis, sentándose en el salón sin otro esfuerzo que el de permanecer allí. Este criterio no contempla la evaluación en el tanteo de la profundidad de la adquisición de dichos niveles. O sea, resumiendo, cuando el señor adscripto X me decía, como insuflado por la voz de la mismísima Temis, que "el alumno merecía promover porque había hecho un proceso" contempló el mismo como fenómeno meramente temporal; en otros términos: haber hecho el proceso es haber entrado a clase y haber hecho de cuenta que escuchaba.

Todo esto trae su cola, como siempre. Tuve el placer y la suerte de poder comunicarme con la Inspectora (aun en ejercicio hasta finales de diciembre) de Literatura, la cual atendiendo a mi causa, me responde un mail aclarándome lo siguiente:

Si, te recuerdo y lo que me contás (lo de adulterar las notas), desgraciadamente no es nuevo, pasa en muchos colegios privados.
La circular 2957, art. 49 establece lo siguiente:
"La calificación final será el resultado de todo el proceso de aprendizaje desarrollado por el estudiante durante el curso.La calificación de las evaluaciones especiales se integrarán a la evaluación del proceso"

La parte que el señor X excluyó -convenientemente- fue que el proceso es DEL CURSO en su totalidad. No de la mitad ni de el primer tercio. Por supuesto que esto se lo planteé. A mi planteo respecto a las notas del último trimestre, me señala el 6 de segunda prueba especial. ¿No era que esa nota se juzgaba como una nota más y que tan poco peso tenía que, de no realizarse, no perjudicaría la calificación final del alumno? Me remito nuevamente a las palabras de la señora Inspectora:

La evaluación final que determina que el estudiante sea promovido refiere a 3º y, como no se dice en ningún lado que la misma deba ser escrita, ni un día determinado, el docente puede establecer que desde el 15 de octubre, supongamos, al final del ciclo lectivo, todo lo que el estudiante realice constituye la última prueba. Desgraciadamente hay colegas que entienden que una evaluación final solo es escrita y el alumno que tuvo 2 la mitad del año, se aviva y hace una buena prueba con lo cual promueve.

(Subrayado y negrita son míos).

Descontando que la Inspectora refiere a primer ciclo, el caso no es muy distinto al que planteo aquí: los 2, 3 y 1 que el alumno acumuló entre agosto, setiembre y octubre se salvaban con ese 6 de 2do parcial.

Ustedes pensarán entonces: con este argumento tan flojo y tan sin sentido, cualquier alumno que esté vaya a clase, aunque tenga un promedio de 3 todo el año o que se encuentre en esta situación, debería promover la materia.

Déjenme comentarles que  no todo es tan sencillo. Está clarísimo que alguien que no levanta cabeza en todo el año no hizo ningún proceso, así lo hayan llevado a clase a patadas en el orto. Este caso fue distinto: promedio apenas aceptable hasta julio, y de ahí en adelante, como diría Florencio Sánchez, barranca abajo.  Podríamos argumentar que el proceso, además de exigir el hecho de ir a clase, implica las evaluaciones sucesivas (orales, trabajos grupales, escritos, etc) donde se tantea el grado en la adquisición de conocimientos mínimos indispensables para poder realizar el curso siguiente. El señor X señalaba entonces con su dedo señalaba y enumeraba los "seises" desde marzo, y se mancaba en julio; evidentemente al proceso le faltaba un puente para llegar a noviembre y así saltar el abismo. "Le hubieras puesto 5 entonces los primeros meses", me decía. No, señor X, fíjese que los 5, 6 o 12 los pongo yo y no usted, y si le apetece calificar, le sugiero que tome horas de su asignatura y que canalice su deseo despótico por ese lado.
Pero volvamos al puente. Ese puente pasa pasar de julio a noviembre mágicamente sin irse a examen. Y ahí fue donde salió el comodín dela TOLERANCIA y de la INTEGRACIÓN. "En este liceo practicamos la integración" (jajaja). Último y lamentable recurso. Hasta ahora sigo rumiando en mi cabeza qué tiene que ver la tolerancia, si, como le expresé al susodicho, el estudiante fue evaluado con propuestas diferenciales tal y como me lo exigió el CES. Y bueno, creo que lo de la integración fue más que claro. No hay mayor luz que arrojar a los hechos: pobre alumno, no se vaya a sentir marginado por su "problema", discriminado, etc.

Conclusión: señoras y señores, estamos ante fábricas auténticas de capital humano. ¿Qué importa que los alumnos aprendan? ¿Qué importa que sepan? Para trabajar en un Call Center o en Tienda Inglesa no se precisan grandes conocimientos de matemática, filosofía o literatura, solo el acto administrativo de haber terminado el liceo. Yo solo espero, desde el fondo de mi corazón, que el mundo sea TOLERANTE y bueno con estos personajes. De seguro que sí. Y cierro este extenso post retomando las últimas palabras que crucé con este señor, donde se "lamentaba" por una situación que aseguraba se volvería a repetir a posterioridad: yo soy la que lamenta que estén permitiendo el egreso de personas que no tienen preparación absoluta.

Salú, y gracias por su tiempo.

jueves, 9 de mayo de 2013

-Soliloquio 2-


 Para Mamá y Lucía,  mis Amazonas guerreras.


La guerrera -mi guerrera personal- es mujer, pero fuerte. Tiene la mirada aterciopelada y dócil, pero sólo por fuera. Es pequeña y se ofrece al mundo vacío en su total inocencia -la de ella, no la del mundo-. Es posible pasto de fieras, pero confío en su poder interior. En cualquier momento nos va a sorprender, lo sé. Reverberará con intensidad la lumbre cegadora de su espíritu haciendo estallar su materia perecedera, volatilizándola en mil pedazos, metiéndose como esquirlas punzantes en las pupilas de la bestia que quiso vencerla, mas no pudo. Las ínfimas partículas de dignidad  harán sangrar sus córneas turbias y agrietadas, lo sé.
Pero mientras la hora no llega, la guerrera se prepara. Su ritual misterioso de silencio es un enigma que sólo ella comprende. Soporta la iniciación con estoicidad y bravura, sin derramar una sola lágrima ni emitir una sola queja. Por cada azote que cruza su espalda, devuelve diez sonrisas; por cada impulso de dolor que le atraviesa el corazón, otros tantos dardos brillantes.
La fiera ya está agazapada, inmensa, envuelta en la tiniebla espesa de la bruma lejana. Se acerca a paso prehistórico, pero se acerca. Ella sonríe y cierra los ojos, entregándose al abismo de su impacto. El ritual ya casi acaba. 

viernes, 26 de abril de 2013

-Soliloquio- 1.

Para Jenny, que me hizo dar cuenta de mi locura.


Es cierto, hago mea culpa de lo que deseen achacarme: yo me lo merezco. Merezco la ironía del destino que con sus reveses nos voltea el rostro para que miremos al otro lado, la cara oculta de las situaciones.
Nunca fui buena estudiante, pese a que hoy estudio, con muchísimo amor, la carrera de profesorado de literatura en el Instituto de Formación Docente de mi país.
Desconozco el camino por el que tomé para llegar a elegir esta carrera; quizás me durmiera el sueño de los justos y terminara como Dante, tomando por la senda errónea, pero no es el caso. Con creces, conflictos y dudas de toda índole, he confirmado mi vocación: soy docente, profesora, educadora, con todo lo que ello implica, no tanto a nivel académico, sino a nivel humano; soy, en definitiva, orfebre, guía, lazarillo de valiosísimos jóvenes con los cuales tengo el privilegio de compartir tres horas semanales.
Hagamos una pequeña analepsis (perdón, es que me sale eso de la retórica ciceroniana de los docentes de letras) y retomemos esa punta suelta que amenaza escurrirse: es decir, el hecho de que nunca fui buena estudiante.

Las horas transcurrían de manera distinta a la que propone el reloj, y yo en mi inocencia juvenil no lo percibía. Mi imaginación era bulliciosa, caótica y desordenada, y los medios para canalizar y ordenar mi mundo interior, insuficientes. Por eso me sumergía horas enteras en la contemplación de mi propio abismo, de mi propio mundo, lejano, brumoso (país, ja) --> chiste interno para los que, como yo, tuvieron la desdicha de tener que aprenderse de memoria los 33 versos de Sinfonía en Gris mayor de Darío) en fin, MI universo particular. El exterior no me interesaba de gran manera, pues no había nada que pudiera competir con la riqueza incontable que fermentaba en mi cabeza. Considerando lo dicho, considerando que no fui la única niña imaginativa, considerando que hoy día tantos de estos jóvenes la cultivan, intentemos ponerme en mi lugar: sentada al frente, mirando la nuca del compañero, sintiendo la respiración del otro compañero a mi espalda, pegada a otro compañero a mi derecha cuya compañía era, frecuentemente, impuesta por la maestra. Así transcurrían las horas buscando acomodar el cuerpo en un banco duro y frío. Parada al frente, una señora pintarrajeada movía y cerraba la boca, con ademán de pez globo. Aveces se movía, aunque sólo fuera para anotar algo en el pizarrón. En esos momentos, la túnica, desprendida, volaba detrás de su espalda, siguiéndola como un fantasma. Las vi desfilar como en una pasarela durante 6 años en mi niñez, y otros tantos 6 de mi adolescencia.
¿Cuál era mi situación, entonces? Pues, la de tantos niños y adolescentes de nuestro tiempo. No me gustaba estudiar, ni memorizar tablas de multiplicar, ni calcar mapas. No me interesaba aprenderme fechas que a mí me resultaban irrelevantes para resetearlas 5 minutos después, y mucho menos, aprenderme poemas, esos monumentos prehistóricos grabados en fichas de rocola, destinadas a tocar las fibras de nuestra memoria, mas no de nuestros sentimientos. No piense el  lector que, por no gustarme el estudio, era acaso disminuida en inteligencia o talento. Nada de eso. Simplemente, en lugar de malgastar tanta energía en algo que a mí me resultaba irrelevante, lo destinaba al placer (ocio creativo, lo llamaban los griegos): leía y dibujaba. Amaba leer y dibujar. Me daba una sensación de "no estar acá", de desapego de la cotidianidad, tan vacía, aburrida y sosa, tan "escuela", "maestra" y "horarios".

Pese a que la literatura médica no tiene nombres para designar al exceso de imaginación que se resiste a ser domesticado, no escapé por eso a la manía "nomenclaturizadora" de los técnicos. Rotularon mi caso con el simpático nombre de fracaso escolar, por no encontrar cabida en la currícula académica los autores de mi gusto ni mis dibujos "al natural" de las películas de Disney. Y así permanecí, con ese rótulo pegado a la frente, durante 12 años de vida escolar, llevando de la mano a Roy Berocay, Horacio Quiroga y el Rey León, que daban tumbos detrás mío, mientras los arrastraba, en mi paso lento y parsimonioso, por el suelo embarrado.

Ser fracasado es feo. Sentirse fracasado es feo. Es feo que la maestra de 6to año, moviendo la cabeza con resignación y esgrimiendo una sonrisa condescendiente, tenga la desafortunada idea de vaticinarte más fracaso del que podés tolerar en los 6 tortuosos años de institucionalización siguientes. En ese momento, sin saberlo, aprendía mi primera lección respecto a la docencia: nunca subestimes la capacidad de un estudiante; no es porque ahora esta señora haya quedado muy mal parada, puesto que pasé sin pena ni gloria los 6 años liceales sin repetir un solo año. Tampoco es porque esté insinuando que resulte de presumido arrogarse el lugar de portavoz de la verdad absoluta, como esos predicadores truchos de las iglesias brasileras. No, para nada. Es porque somos seres humanos antes que docentes, y docentes antes que sabios. La adivinación, con frecuencia, no se nos da muy bien.

Fracaso escolar tenía la fuerza perlocutiva que solamente pueden captar en su más íntima esencia  los niños, desde su mirada nueva y renovadora. Fracaso fue un fantasma que me siguió durante mucho tiempo (como el vuelo de la túnica de la maestra al caminar) hasta que conseguí la manera de lidiar con él. Costó, pero lo logré.

Todo esto viene a colación de reflexionar sobre las razones de mi aparente derrota ante el sistema. Para esto me gustaría ser un poco narcisista -cosa que en absoluto me considero- para pensarme un poco víctima: ¿habría sido distinto si en lugar de memorizar se me hubiera propuesto crear? ¿hubiera sido distinto que en lugar de mirarnos la nuca unos a otros, nos hubiéramos mirado la cara? ¿si en lugar de mirar al pez globo a través de la pecera, la hubiera traspasado con el calor de su humanidad? ¿si en lugar de permanecer 4 hs diarias sentados y quietos, hubiéramos entrado en contacto con la naturaleza? Perdónenme los maestros que lean estas líneas -si es que alguno lo hace- pero yo creo que sí. Y es que si en vez de considerarme como un recipiente vacío al que hay que llenar, como una tábula rasa a la que hay que imprimir el conocimiento, se me hubiera considerado como un ser pensante al que hay que estimular en el gérmen de su creatividad -con la que todos nacemos, pero que el sistema, con su rigor, quema de a poco con su meo rancio- quizás, y sólo quizás, habría sacado provecho de tantas horas semanales.

Claro, yo pienso en mi situación -como dije, en mi postura narcisista-. Quisiera pensar ahora en otros casos, actuales y no tan actuales. Puede decirse que tuve una formación "autodidacta" a mi manera: sentía gran inclinación por las ciencias naturales, pasaba horas hojeando los libros de medicina de mi mamá, perdiéndome en la fascinación de aquella arquitectura de venas, nervios y músculos que hasta hoy me resulta sublime. También, como dije antes, amaba leer, vicio que conservo hasta el día de hoy, y claro, dibujar -cuando me chocaba ante las limitaciones del lenguaje que se traducían, entonces, en imposibilidades de destreza-. Podríamos especular que mi formación fue paralela, exterior y más rica que la que habría logrado en 4 hs sentada delante de la maestra. Pienso ahora en los niños  que no tuvieron -ni tienen- esa suerte, y aún más, en los adolescentes, que sienten hervir en su cerebro todas las sublimaciones censuradas de la "latencia infantil". Son los que ahora llaman "hiperactivos", inquietos, revoltosos, los filtrados del sistema. No, no tuvieron la suerte mía, de que mamá y papá les compraran libritos y le solventaran su curiosidad emergente a la par de la institución. A estos chicos, con las mismas necesidades creativas  con las que todos nacemos, las limitaciones para expresarse los ahogan en frustraciones que restallan en los movimientos convulsivos del cuerpo, en agitación constante.

Frecuentemente, esta realidad es ignorada por los docentes y maestros, que temen abrirse al cambio. Éstos, lejos de cumplir la sagrada misión de mayeutas, pisotean insistentemente con las suelas de los zapatos a la pobre imaginación abatida, raquítica, recargando en sus hombros las piedras pesadas del deber e insuflando en su pecho (mas no en su corazón) un artificial aprecio por el saber. Es entonces cuando el tedio se vuelve regla, y los jóvenes se momifican progresivamente a lo largo de la línea de producción que sacará, reluciente, el producto de la alienación, directo al mercado laboral.

(Continuará...)