viernes, 26 de abril de 2013

-Soliloquio- 1.

Para Jenny, que me hizo dar cuenta de mi locura.


Es cierto, hago mea culpa de lo que deseen achacarme: yo me lo merezco. Merezco la ironía del destino que con sus reveses nos voltea el rostro para que miremos al otro lado, la cara oculta de las situaciones.
Nunca fui buena estudiante, pese a que hoy estudio, con muchísimo amor, la carrera de profesorado de literatura en el Instituto de Formación Docente de mi país.
Desconozco el camino por el que tomé para llegar a elegir esta carrera; quizás me durmiera el sueño de los justos y terminara como Dante, tomando por la senda errónea, pero no es el caso. Con creces, conflictos y dudas de toda índole, he confirmado mi vocación: soy docente, profesora, educadora, con todo lo que ello implica, no tanto a nivel académico, sino a nivel humano; soy, en definitiva, orfebre, guía, lazarillo de valiosísimos jóvenes con los cuales tengo el privilegio de compartir tres horas semanales.
Hagamos una pequeña analepsis (perdón, es que me sale eso de la retórica ciceroniana de los docentes de letras) y retomemos esa punta suelta que amenaza escurrirse: es decir, el hecho de que nunca fui buena estudiante.

Las horas transcurrían de manera distinta a la que propone el reloj, y yo en mi inocencia juvenil no lo percibía. Mi imaginación era bulliciosa, caótica y desordenada, y los medios para canalizar y ordenar mi mundo interior, insuficientes. Por eso me sumergía horas enteras en la contemplación de mi propio abismo, de mi propio mundo, lejano, brumoso (país, ja) --> chiste interno para los que, como yo, tuvieron la desdicha de tener que aprenderse de memoria los 33 versos de Sinfonía en Gris mayor de Darío) en fin, MI universo particular. El exterior no me interesaba de gran manera, pues no había nada que pudiera competir con la riqueza incontable que fermentaba en mi cabeza. Considerando lo dicho, considerando que no fui la única niña imaginativa, considerando que hoy día tantos de estos jóvenes la cultivan, intentemos ponerme en mi lugar: sentada al frente, mirando la nuca del compañero, sintiendo la respiración del otro compañero a mi espalda, pegada a otro compañero a mi derecha cuya compañía era, frecuentemente, impuesta por la maestra. Así transcurrían las horas buscando acomodar el cuerpo en un banco duro y frío. Parada al frente, una señora pintarrajeada movía y cerraba la boca, con ademán de pez globo. Aveces se movía, aunque sólo fuera para anotar algo en el pizarrón. En esos momentos, la túnica, desprendida, volaba detrás de su espalda, siguiéndola como un fantasma. Las vi desfilar como en una pasarela durante 6 años en mi niñez, y otros tantos 6 de mi adolescencia.
¿Cuál era mi situación, entonces? Pues, la de tantos niños y adolescentes de nuestro tiempo. No me gustaba estudiar, ni memorizar tablas de multiplicar, ni calcar mapas. No me interesaba aprenderme fechas que a mí me resultaban irrelevantes para resetearlas 5 minutos después, y mucho menos, aprenderme poemas, esos monumentos prehistóricos grabados en fichas de rocola, destinadas a tocar las fibras de nuestra memoria, mas no de nuestros sentimientos. No piense el  lector que, por no gustarme el estudio, era acaso disminuida en inteligencia o talento. Nada de eso. Simplemente, en lugar de malgastar tanta energía en algo que a mí me resultaba irrelevante, lo destinaba al placer (ocio creativo, lo llamaban los griegos): leía y dibujaba. Amaba leer y dibujar. Me daba una sensación de "no estar acá", de desapego de la cotidianidad, tan vacía, aburrida y sosa, tan "escuela", "maestra" y "horarios".

Pese a que la literatura médica no tiene nombres para designar al exceso de imaginación que se resiste a ser domesticado, no escapé por eso a la manía "nomenclaturizadora" de los técnicos. Rotularon mi caso con el simpático nombre de fracaso escolar, por no encontrar cabida en la currícula académica los autores de mi gusto ni mis dibujos "al natural" de las películas de Disney. Y así permanecí, con ese rótulo pegado a la frente, durante 12 años de vida escolar, llevando de la mano a Roy Berocay, Horacio Quiroga y el Rey León, que daban tumbos detrás mío, mientras los arrastraba, en mi paso lento y parsimonioso, por el suelo embarrado.

Ser fracasado es feo. Sentirse fracasado es feo. Es feo que la maestra de 6to año, moviendo la cabeza con resignación y esgrimiendo una sonrisa condescendiente, tenga la desafortunada idea de vaticinarte más fracaso del que podés tolerar en los 6 tortuosos años de institucionalización siguientes. En ese momento, sin saberlo, aprendía mi primera lección respecto a la docencia: nunca subestimes la capacidad de un estudiante; no es porque ahora esta señora haya quedado muy mal parada, puesto que pasé sin pena ni gloria los 6 años liceales sin repetir un solo año. Tampoco es porque esté insinuando que resulte de presumido arrogarse el lugar de portavoz de la verdad absoluta, como esos predicadores truchos de las iglesias brasileras. No, para nada. Es porque somos seres humanos antes que docentes, y docentes antes que sabios. La adivinación, con frecuencia, no se nos da muy bien.

Fracaso escolar tenía la fuerza perlocutiva que solamente pueden captar en su más íntima esencia  los niños, desde su mirada nueva y renovadora. Fracaso fue un fantasma que me siguió durante mucho tiempo (como el vuelo de la túnica de la maestra al caminar) hasta que conseguí la manera de lidiar con él. Costó, pero lo logré.

Todo esto viene a colación de reflexionar sobre las razones de mi aparente derrota ante el sistema. Para esto me gustaría ser un poco narcisista -cosa que en absoluto me considero- para pensarme un poco víctima: ¿habría sido distinto si en lugar de memorizar se me hubiera propuesto crear? ¿hubiera sido distinto que en lugar de mirarnos la nuca unos a otros, nos hubiéramos mirado la cara? ¿si en lugar de mirar al pez globo a través de la pecera, la hubiera traspasado con el calor de su humanidad? ¿si en lugar de permanecer 4 hs diarias sentados y quietos, hubiéramos entrado en contacto con la naturaleza? Perdónenme los maestros que lean estas líneas -si es que alguno lo hace- pero yo creo que sí. Y es que si en vez de considerarme como un recipiente vacío al que hay que llenar, como una tábula rasa a la que hay que imprimir el conocimiento, se me hubiera considerado como un ser pensante al que hay que estimular en el gérmen de su creatividad -con la que todos nacemos, pero que el sistema, con su rigor, quema de a poco con su meo rancio- quizás, y sólo quizás, habría sacado provecho de tantas horas semanales.

Claro, yo pienso en mi situación -como dije, en mi postura narcisista-. Quisiera pensar ahora en otros casos, actuales y no tan actuales. Puede decirse que tuve una formación "autodidacta" a mi manera: sentía gran inclinación por las ciencias naturales, pasaba horas hojeando los libros de medicina de mi mamá, perdiéndome en la fascinación de aquella arquitectura de venas, nervios y músculos que hasta hoy me resulta sublime. También, como dije antes, amaba leer, vicio que conservo hasta el día de hoy, y claro, dibujar -cuando me chocaba ante las limitaciones del lenguaje que se traducían, entonces, en imposibilidades de destreza-. Podríamos especular que mi formación fue paralela, exterior y más rica que la que habría logrado en 4 hs sentada delante de la maestra. Pienso ahora en los niños  que no tuvieron -ni tienen- esa suerte, y aún más, en los adolescentes, que sienten hervir en su cerebro todas las sublimaciones censuradas de la "latencia infantil". Son los que ahora llaman "hiperactivos", inquietos, revoltosos, los filtrados del sistema. No, no tuvieron la suerte mía, de que mamá y papá les compraran libritos y le solventaran su curiosidad emergente a la par de la institución. A estos chicos, con las mismas necesidades creativas  con las que todos nacemos, las limitaciones para expresarse los ahogan en frustraciones que restallan en los movimientos convulsivos del cuerpo, en agitación constante.

Frecuentemente, esta realidad es ignorada por los docentes y maestros, que temen abrirse al cambio. Éstos, lejos de cumplir la sagrada misión de mayeutas, pisotean insistentemente con las suelas de los zapatos a la pobre imaginación abatida, raquítica, recargando en sus hombros las piedras pesadas del deber e insuflando en su pecho (mas no en su corazón) un artificial aprecio por el saber. Es entonces cuando el tedio se vuelve regla, y los jóvenes se momifican progresivamente a lo largo de la línea de producción que sacará, reluciente, el producto de la alienación, directo al mercado laboral.

(Continuará...)